Me alegro de haberte llamado ayer, de haber compartido, como te dije, tu felicidad insultante porque, aunque no lo comprendas, aunque no comprendas jamás mis puzzles mentales, tu triunfo es el mío.
Me hace gracia como te ves y como te veo. Me dices sentirte una cuarentona fracasada y, en cambio, yo te veo como la chica valiente que fuíste/eres. Aquella que tuvo el coraje de cerrar la puerta un día a un mundo en el que ya no era capaz de existir y se fue en busca de otro, hecho a su medida, porque creyó, creyendo buscó y lo encontró. "Donde el corazón te lleve", esa era tu frase preferida. Estás donde el corazón te ha llevado, sin armaduras, sin esconderte, sin protegerte pese a que te morías de dolor, no has fracasado, has triunfado. Y lo harás, lo sé, en otros campos. Solamente te falta el creértelo.
"El club de los poetas muertos", ¿recuerdas la peli?. Tú lo has conseguido, has sabido vivir el momento, cuando había que llorar llorabas, cuando había que chillar chillabas, cuando tocó dejarlo todo porque tu amiga se moría lo hiciste. Yo no, no he sabido, siempre he sido una fracasada emocional, no fría, fracasada que es distinto.
Cerraste la puerta y me quedé quieta- parada. ¿Por qué? Porque yo soy cobarde, muy cobarde, retenerte suponía entrar en tu universo de emociones desnudas, a flor de piel y no puedo, aún hoy ni puedo. Y creí que lograría sobrevivir en mi mundo de muñeca rota con tu recuerdo porque pensé, y ya veo que me equivoqué, que nunca me olvidarías, que no lograrías encontrar otra niña como tú, otra alma ingenua que creyera en sueños imposibles, pero la encontraste. La encontraste.
Hay muchos momentos terribles en mi vida, pero dos que me han marcado a fuego. No es cuando te vas, no, porque ahí aún me recuerdas. El momento más terrible de una relación no es cuando nos dejan, es cuando constatamos que nos olvidan.
Año 2002, aquella cena, aquella maldita cena. Un beso urgente, apasionado, torpe... porque cuando hay necesidad, urgencia del otro, se besa así. Siempre lo hacíamos así. En cambio tú ya no me correspondiste. El tuyo fue un beso largo, maestro... de tantas veces pensado o ensayado, no lo sé. Pensé, en su momento, que era una muestra de poder, de poder sobre mí, pero ahora sé que fue de despedida, de olvido, porque tú no te vengas, ni lo piensas.
Y eso lo he sabido el otro día, cuando te encontré en la exposición, exultante de felicidad. Me miraste con pena, con dolor, con preocupación por verme tan dejada, derrotada... fracasada. Rota. Los que se vengan no miran así: con dolor, porque empatizan con el tuyo, pero con olvido de amor.
Has triunfado. Yo, en cambio, me sigo rompiendo por dentro. Ya ves, la chica fría es una muñeca rota.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario